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Quince días han vuelto a pasar desde la última vez que escribí… ¡Y me lo permito!. Me permito a mí misma evitar agobiarme con la necesidad de crear una entrada semanal. Quizá en vacaciones, cuando tenga más tiempo para documentarme, para reflexionar, y sentarme a plasmar los resultados, pueda dar vida a todas esas ideas que rondan por mi cabeza y necesitan ser contadas. Pero hoy voy a escribir sobre algo importante: necesitamos urgentemente más maestros y maestras felices, que estén dispuestos y dispuestas a repartir amor entre sus alumnos y alumnas, y que se relacionen con respeto y compasión.

Una de las frases más célebres de Gandhi afirma: “la felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía”. Para mí eso es ser coherente. Hace poco hablaba con un amigo sobre esa dualidad en la que puedes ser feliz aun teniendo días tristes, o pasando por un período inestable en tu vida. Y es que la felicidad tiene mucho que ver con la aceptación de lo que estamos viviendo en cada momento. De eso te hablo más adelante.

Hoy hace 95 días que me incorporé a la escuela. Hoy es un buen momento para hacer balance y escribir sobre el “roller-coaster” emocional que está rigiendo mi vida desde ese momento; y todo lo que ha cambiado mi punto de vista, o mi punto de mira desde dos años atrás, momento en el que me planteé que tal vez esto de la educación no era lo mío.

Es posible que no sepas nada de mi vida, así que déjame empezar por el punto que nos interesa para poder avanzar en este artículo. Hace dos años trabajaba en un centro muy exigente académicamente, en el que casi lo más importante era el rendimiento de los alumnos y alumnas. Yo, maestra de música, ponía siempre la nota discordante en las sesiones de evaluación, en los claustros, e incluso en la vida diaria del centro. En lugar de posicionarme en uno de los “bandos” que regían la escuela, me posicioné en función a mi conciencia, que solía ir acorde con algunas personas del centro, y con el desarrollo socio-emocional, por supuesto.

Entre mis peores cualidades de entonces estaban la exigencia, el control y la necesidad imperiosa de que las cosas se hiciesen bien, mezcladas con un puntito de soberbia y orgullo que hacían que la mezcla fuese explosiva. Y acabó explotando en la dirección que menos esperaba… contra mí. Tras dos años de trabajo intenso en los que hicimos cosas maravillosas, yo no podía entender tanto odio, tanta envidia, tantos malos sentimientos hacia mi persona… por solo escribir en una memoria la realidad tal y como era. ¿Por qué nadie fue capaz de venir a hablar conmigo tranquilamente y mostrarme su opinión, o mi falta de tacto, o cualquier otra cosa? Pues sencillamente porque lo más fácil es atacar en manada a quién consideramos inferior, diferente, más débil… y hacerlo en el momento en el que menos se lo espere. Afortunadamente, hubo un ángel que me avisó con tiempo suficiente para poder tomar un camino secundario.

felicidadAhí comenzó uno de los períodos más increíbles de mi vida, por lo que solo puedo tener palabras de agradecimiento para aquellas personas que me hicieron decidir tomar dos años de excedencia y probar otras cosas, pero sobre todo, probarme a mí misma si eso que llaman vocación existe en realidad.

Lo que ha pasado en mi vida durante estos dos años lejos de la escuela pública, te lo iré contando poco a poco, pero era necesaria esta introducción para seguir con el tema que nos ocupa… la felicidad.

En este artículo, escrito por Candela Duato, se describen ocho características de las personas felices: son amables, son honestas, se alegran por los éxitos de los demás, tienen hermosas sonrisas, son espontáneas, son buenas oyentes, esperan menos y no juzgan. A veces, intento reconocer estas cualidades a mi alrededor; si no todas, alguna de ellas. Y se hace complicado. Pero ¿no trabajas en una escuela? Sí, puedo reconocer muchas de esas cualidades en mis alumnos y alumnas… pero a los adultos aún nos queda mucho camino por recorrer.

Cada día llego al cole con una sonrisa, saludo a las personas que trabajan en el comedor, a los niños y niñas de los desayunos, me hago un té, trabajo durante una hora aproximadamente y… a veces, se me borra la sonrisa sin haber llegado apenas a las nueve de la mañana.

Otros días me dan para sonreír mucho, para ser amable, e incluso compartir alguna idea y escuchar preocupaciones de los demás… A veces, incluso he pensado que me encantaría trabajar en este lugar para siempre, porque he cultivado la costumbre de soñar y de mirar con buenos ojos el mundo que me rodea.

palabras-y-ejemplosHace unos días, algo cambió. Me he propuesto ser feliz a pesar del ruido, a pesar de las interrupciones, a pesar de las llamadas de atención… Como bien decía la Madre Teresa de Calcuta: “la palabra convence, pero el ejemplo arrastra. No te preocupes porque tus hijos no te escuchan, te observan todo el día”. Pero mi coherencia, aunque a veces me cueste alguna lágrima, me lleva a seguir actuando en función de mi conciencia, y puedo decir que, a día de hoy, me gusta la maestra en la que me estoy convirtiendo, y la persona que estoy llegando a ser.

Poco entiendo de “mirar al vecino” para ver si tiene más ventanas que yo; o de criticar “al de enfrente” cuando mis tareas aún están por hacer. Poco entiendo de envidias y celos, profesionales o personales, porque tuve la suerte de crecer rodeada de amor y cariño. Poco entiendo de “chantajes emocionales” y de “maquillar las cosas para que parezcan bonitas” pues siempre soy de decir lo que pienso o de no decir nada.

Pero sí entiendo de acompañar procesos y de respetar sentimientos, de mirar a los ojos a la persona que tengo enfrente, de trabajar desde el corazón, de hacer más bonito el mundo de los que tengo alrededor, de sonrisas, de detalles, de hacer equipo, de sumar, de apreciar las diferencias, de pedir perdón y dar las gracias, de abrir la puerta a quien viene con las manos ocupadas, de pedir permiso para coger lo que no es mío… Sí, entiendo de esas cosas que parecen menos importantes, y sin embargo, son las que nos dan la vida y nos invitan a vivir.

Y para terminar, y esperando que en alguna escuela suenen hoy ecos de cambio, solo se me ocurre una idea… maestr@s del mundo: ¡¡OS RETO A SER FELICES!!