educarlamente

¿No te parece emocionante ponerte cada día delante de cientos de niños y niñas? ¡No, no exagero! Yo, cada día, tengo la suerte de ponerme delante de más de cien niños y niñas. Y aún hay clases que me emocionan, sesiones de esas que hacen que brillen mis ojos y sienta un cosquilleo en el corazón. Porque verles aprender, disfrutar, jugar, bailar, cantar… ¡es emocionante!

Ya decía Arístoteles, gran filósofo griego, en el siglo IV a.C. que “educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto”. Y tanta razón tenía, que aún seguimos hablando de ello, porque a lo largo de la historia, hemos aprendido y desaprendido tantas veces siguiendo modas, religiones y costumbres, que en más de una ocasión hemos perdido el norte (en lo que a temas educativos se refiere).

Tengo la certeza, porque lo he probado, que es muy difícil si no imposible educar la mente sin educar el corazón. Por educar la mente entiendo el desarrollo de las habilidades del pensamiento: percepción, observación, discriminación, identificación, memoria, juicio, crítica, opinión, evaluación, metacognición, inferencia, etc. Nunca jamás he visto el desarrollo de ninguna de estas capacidades, sin un trabajo previo de autoconocimiento, pertenencia al grupo, establecimiento de un vínculo, etc.

A pesar de ésto, todavía hay quiénes creen que están educando la mente con temas que se estudian de memoria y se vomitan ante una hoja en blanco, o con procedimientos que se aprenden por repetición y que solo llevan a resolver de una única manera la única respuesta verdadera posible (a juicio siempre del examinador). ¡Y éste es el gran quid de la cuestión!

Si me has oído ya hablar en alguna ocasión de metodologías innovadoras, del uso de tecnología en el aula, de robótica, ABP, “flipped classroom”, o cualquiera de las nuevas estrategias que se usan actualmente para cambiar los centros educativos, sabrás que soy fiel defensora del cambio, y amante de todas las herramientas que nos brinda el siglo XXI. Sin embargo, hasta ahora he mantenido que prefiero a un maestro o maestra tradicional educando desde el corazón, que a uno innovador que ignora las emociones y no entiende el verdadero sentido de la educación.

educar-en-la-igualdadMás allá de la innovación metodológica debe existir una reflexión pedagógica, filosófica y personal que nos acerque a resolver las cuestiones verdaderamente importantes como docentes: ¿para qué educamos? ¿qué queremos conseguir? ¿qué es lo importante para nosotros y nosotras?

Yo lo tengo claro: creo que la educación debe servir para que cada persona se convierta en la mejor versión de sí misma; y la educación pública para que ésto sea posible independientemente del lugar donde hayas nacido, tu procedencia o clase social.

Y para conseguir que una persona llegue a ser la mejor versión de sí misma hemos de guiarle en el autoconocimiento, en el reconocimiento y desarrollo de sus emociones, de sus habilidades, de sus carencias… Y para poder hacer ésto, yo misma he tenido que experimentar ese mismo proceso, bucear en mi interior, aceptar mis carencias, mis fortalezas, mis debilidades, mis creencias limitantes y mis creencias potenciadoras, y sobre todo, hacerme responsable de mis emociones, sin juzgar, sin poner lo que yo siento en la espalda del otro, sin fingir, sin disfrazarme.

Ese proceso me ha llevado años, es más, diría que aún estoy en el camino; y cada vez me siento más capaz de guiar los pasos de esos niños y niñas que se ponen delante de mí cada día. Puedo identificar en cada uno y cada una sus emociones, y acompañarles en el proceso, ofrecerles mi apoyo para seguir creciendo, y sobre todo, estar presente desde el respeto.

Algunas teorías definen a la persona como “un ser social, emocional y racional”. El que hoy ocupa este artículo es el “ser emocional”, aunque en ocasiones es complicado establecer el límite donde acaba uno y empieza otro.

educar-no-es-dar-carreraLa emoción es una característica de los seres vivos, y en este punto, me gustaría aclarar que hay que diferenciar entre emoción y sentimiento, ya que ambas son diferentes y se suelen confundir con frecuencia. Las emociones son innatas en todos los seres vivos, ya que son reacciones fisiológicas producidas por una vivencia más o menos intensa durante un breve período de tiempo. Las emociones se producen en nosotros de forma instintiva por lo que es muy complicado controlarlas, por lo cuál lo más sensato es aprender a identificarlas, aceptarlas y saber cómo encauzarlas o manejarlas en nosotros mismos.

Hay diferentes clasificaciones de las emociones básicas, pero una de las más comunes las divide en seis: tristeza, alegría, miedo, ira, aversión y sorpresa. El psicólogo de principios del siglo XX Paul Ekman fue uno de los primeros en identificar las expresiones instintivas que se producen en cualquier ser humano (independientemente de su cultura) cuando vivencia una de estas emociones. Sus estudios supusieron un gran avance en la identificación y posterior estudio de las mismas.

Como decía, las emociones están presentes en nosotros y en nosotras desde que nacemos, de forma instintiva. Cuando esas emociones llegan al pensamiento, y se prolongan en el tiempo, se convierten en lo que conocemos como sentimientos.

El amor, el odio, la envidia, la nostalgia, la amistad, los celos… son sentimientos derivados de emociones que se prolongan en el tiempo. El aula tendrá un clima más o menos agradable en función de los sentimientos que se hayan desarrollado en él. Los sentimientos provienen de las emociones básicas, por lo que cuanto antes tengamos en cuenta las emociones a la hora de enseñar, mayor será el beneficio obtenido por nuestros alumnos y alumnas.

Podemos afirmar, además, que la neurociencia nos ha dado la razón, pues apoya firmemente a través de diversos estudios que el aprendizaje está ligado a la emoción, pero de ésto os hablaré otro día.

Mañana, cuando llegues a clase, pregúntale a tus alumnos y alumnas cómo se sienten… en base a su respuesta tendrás una idea de cómo se han trabajado las emociones con ellos a lo largo de su vida académica. ¡Y emociónate!¡Feliz semana!