De vuelta a las clases, a la rutina, al despertador de madrugada, a más ideas de las que la vida da para llevar a cabo, a los pasillos, a las risas, a los llantos, al “cura sana”, a las caricias, a las sonrisas, a los juegos sin tiempo y las carreras contrarreloj, a los tés en termo, a ser testigo de conversaciones sinsentido y de ilusiones perdidas.

De vuelta al cole, a los “buenos días” con sonrisa, y los “hasta mañana” con abrazo, a los números pensando y las palabras sin pensar, a las adivinanzas, las planificaciones, las reuniones, los encuentros, la música (bendita música) que nos invita a soñar.

De vuelta al aula, a ser consciente que tras la tormenta siempre llega la calma, que para que la vida siga hace falta movimiento, que a pensar se enseña pensando, y a escribir escribiendo, que los pensamientos, las palabras, los movimientos, si pasan por el corazón, llegan antes a la razón y provocan la magia del conocimiento.

De vuelta a los días que comiecorazon-lapicesnzan antes del amanecer, tomando conciencia de cuerpo, mente y emoción… y que acaban en el mismo punto, pero diferente, habiendo vivido y compartido muchas horas con muchas personas (y personitas).

Durante un momento antes de la vuelta, tuve el instinto de escribir sobre todas esas frases que intuyo que recorrieron muchos grupos de WhatsApp de maestr@s sobre el inminente regreso y la falta de ganas de volver. Pero me ganó la positividad, porque he tomado la decisión de prestar atención a lo bueno, a lo bonito, a los gestos que nacen del corazón, a las palabras que acarician, a las sonrisas que curan, a los detalles que te llenan el alma.

Hoy, durante la mañana, han habido dos momentos mágicos especiales (porque mágicos he de decir que son casi todos, tengo la suerte de vivirlos cada segundo). Uno ha sido cuando un niño de mi tutoría se ha acercado a regalarme cuatro de sus lápices nuevos: “porque como no encontrabas los tuyos antes de Navidad, y yo tengo muchos, te los regalo”. Quizá es que soy muy pesada con el cuidado de los materiales, o que sabe que no son para mí, porque esos lapiceros son de uso común para todos y todas los que los necesitamos a diario, pero ha sido un detalle que me ha encantado. El otro momento ha sido en una de las sesiones de música en la que un alumno con TEA (Trastorno de Espectro Autista) ha mostrado una felicidad inmensa ante la actividad que hemos realizado, consistente en danza libre con lazos de raso y telas de colores. Ha sido algo tan especial que me cuesta describirlo con palabras, aunque lo intentaré más adelante cuando hable de inclusión. Cuando hemos salido de la clase, íbamos las dos maestras (y todos los niños y niñas) luciendo una brillante sonrisa en nuestra cara… ¡¡qué sencillo es encontrar la felicidad en los pequeños momentos del día a día!!

Ayer, hablando con parte del equipo, les decía que no había hecho nada estas navidades, y luego me dí cuenta de todo lo que había hecho… crear en mi cabeza las estructuras necesarias para empezar a desarrollar el trabajo del trimestre; leer, leer y leer un montón de artículos y libros relacionados con las nuevas pedagogías; y sobre todo, prepararme física y emocionalmente para llevar lo mejor de mí misma cada día a la escuela y a todas las personas que convivimos en ella.

Hoy, quiero contarte algo, porque es importante que sepamos reconocer el valor de las personas cuando las vemos. Pronto hablaré de la importancia de la profesionalización de la educación, pero aquí te dejo una descripción de ellas, que también son ellos, esas maestras y maestros que cada día llegan al aula con una sonrisa, que van al cole fuera de su horario para preparar una sorpresa a sus alumnos, para recibir a una familia que no tiene otra posibilidad, para quitar la decoración de Navidad. Ellas (ellos) son especiales. Si tienes alguno o alguna cerca de tí, o es maestr@ de tus hijos e hijas, cuídalo. Necesitamos más y más y más de ell@s para cambiar el mundo…

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Hay maestras que hablan con la mirada y sonríen con el corazón, que cantan en susurros y riñen a carcajadas.

Hay maestras que pintan los días de colores, y que invitan a hacer realidad los sueños.

Hay maestras que dibujan melodías en el aire y llenan la brisa de caricias que invitan al acercamiento a los libros, a los cuentos, al entendimiento, a la creatividad, al pensamiento.

Hay maestras que conocen el baile que se danza de una persona a otra, y se inventan el ritmo para que todos y todas puedan bailar juntos una misma melodía con diferentes pasos.

Hay maestras que ven a los niños y niñas de verdad, que confían en que son un ser completo que solo necesita un poco de acompañamiento para encontrar su camino, que puede ser diferente al que ellas pensaban.

Hay maestras que creen que su trabajo es el más maravilloso del mundo.

Si conoces alguna (o alguno) cuídala, sobre todo en los momentos especiales, pues a veces la magia se gasta, y las sonrisas se apagan, y es en ese momento, cuando necesitará tu mano para seguir caminando.

¡Feliz inicio de trimestre! ¡Que la ilusión nos acompañe!