Ha sido una semana dura, pero gratificante. Quizá este vaya a ser el artículo menos científico que he escrito hasta ahora, pero uno de los más humanos. Así que si no estás preparado o preparada para leer las reflexiones personales de una semana de altibajos, déjalo mejor para otro día.

Cada mañana me levanto a las cinco o cinco y media, con tiempo suficiente para prepararme física y mentalmente para hacer frente con entusiasmo y alegría a mi labor profesional diaria.

Cada mañana realizo mis series de yoga, que cambian en función de la actitud que creo que necesito en ese momento; y enfoco la meditación que le sigue en traer hacia mí y proyectar hacia los demás ecuanimidad, compasión, empatía, comprensión, paciencia, aceptación, no juicio…

Cada día intento dar lo mejor de mí, personal y profesionalmente, a cada persona que se cruza en mi camino… Paro en los pasos de cebra con una sonrisa, espero paciente mi turno en las oficinas a las que he tenido que acudir, saludo con una sonrisa a las personas que trabajan con “los madrugadores” del cole, recuerdo pedir las cosas “por favor” y dar las gracias, recibo a mis niños y niñas con un feliz “buenos días”, y me repito a mí misma aquella premisa básica de “conviértete en alguien a quién te gustaría conocer”.

Sin embargo, a veces pierdo los papeles. A veces la paciencia se agota, la frustración da paso a la rabia, la comprensión deja su lugar al juicio, y todo el trabajo que cuesta tanto conseguir, se cae. Y aunque pueda haber quién no lo entienda, se llama “ser persona”.

El cansancio y el malestar físico a mí me llevan a veces a ese punto. Esta vez, algo ha cambiado, pues duró apenas unas horas. Tuve la suerte de tener al lado a una persona a la que respeto profundamente a nivel personal, y a la que admiro muchísimo a nivel profesional. Ella me tomó la mano, con empatía y sabiduría, sin pedirme nada que yo no pudiese ofrecer, y me habló desde el corazón, sin barreras, en un lenguaje que solo algunas personas saben hablar.

Volví a levantarme al día siguiente, con ganas de seguir dando lo mejor de mí, con un objetivo en mente de algo que tengo que mejorar y en lo que puedo seguir creciendo, pero sobre todo con la satisfacción que sientes cuando eres capaz de aprender de tus errores.

A estas alturas ya te estarás preguntando qué tiene que ver todo esto que te cuento con el título del artículo. Pues bien, una vez más, mis reflexiones son las mismas y están encaminadas al trabajar el “ser” por encima del “hacer”; y a darle mucha más importancia a lo que una persona “es” por encima de lo que “sabe”.

cambio

¿Realmente tenemos que enseñar a los niños a estresarse, a soportar la presión, a trabajar a un ritmo desorbitado, a reproducir cosas que no entienden, a trabajar mecánicamente en algo que no les apasiona?

Afortunadamente, ya hay numerosos estudios que avalan lo que yo te voy a contar aquí. Tuve un error delante de mis alumnos y alumnas. Y lo afronté como deben hacerlo los “seres humanos auténticos”. Me senté delante de ellos y ellas, y les dije: “hoy me he comportado como un dragón, ¿queréis saber por qué?” y se mostraron dispuestos a escucharme. Les conté que por la mañana me sentía un poco enferma, pero tenía que decidir si podía ir al cole o no; y que aún así, decidí ir. Les dije que cuando me siento enferma o me duele algo, mi “nivel de paciencia” desciende mucho, y me molestan cosas que habitualmente dejo pasar. No había pasado nada grave, y mi reacción había sido desproporcionada. Les pedí disculpas por haberme comportado de esa manera, porque nadie merece que le hablen mal, y ellos sonrieron y me dijeron: “no pasa nada, a todos nos pasa alguna vez” y seguimos trabajando en el proyecto que nos ocupa.

El pasado jueves aprendimos mucho todos, y ese error mío fue un fantástico momento de aprendizaje para mis alumnos y alumnas. Estamos trabajando un libro que se llama “ratones, dragones y seres humanos auténticos”, y entre todos y todas practicamos las habilidades de los seres humanos para afrontar las desavenencias que nos trae el día a día.

Estamos creciendo, no sé si crecen más ellas y ellos o soy yo la que me estoy llevando el mayor aprendizaje, pero créeme si te digo que ningún libro, ningún examen, ninguna tarea escolar les haría aprender todo lo que están aprendiendo este año.

Cada día leo en la prensa desacuerdos entre escuelas y familias; se bromea y se habla en serio sobre los grupos de Whatsapp de padres y madres; se juzga el papel de los maestros y maestras, sobre el que ya escribí en mi anterior entrada… y se pierde de vista lo importante: los niños y niñas.

Una vez más, esta semana ha llegado a mis oídos el caso de una niña que no quiere ir al colegio, que duerme mal, tiene pesadillas, grita cuando tiene que hacer los deberes, le da taquicardia cuando tiene que enfrentarse a un examen, etc. Y entonces, llega alguien y te dice aquéllo de… “tienen que acostumbrarse, la vida es dura”… Y yo le digo “demuéstramelo”, y no pueden. Según a quién le preguntes, y en las mismas circunstancias, la vida puede ser horrible o maravillosa, y todo depende de los ojos de quién mira.

sinperderlacalmaCreo que estamos poniendo, como sociedad, el punto de mira en el lugar equivocado, ya que deberíamos educar en positivo… Si creces rodeado de tolerancia, si te enseñan a manejar la frustración, si entiendes tus emociones y sabes canalizarlas, si aprendes a escuchar activamente, a cooperar con el otro, a buscar el bien común… en el momento de tu vida que aparezca una situación de estrés o conflicto, estoy convencida de que sabrás muy bien como hacerle frente. Por favor, ¡NO SOMETAMOS A LOS NIÑOS Y NIÑAS A CONDICIONES QUE NO SE MERECEN, QUE NO NECESITAN, QUE NO LES AYUDAN A CRECER!

Tenemos un gran problema… ¿Dónde poner el foco de atención?

Yo lo veo fácil y sencillo, como veo la mayoría de las cosas que tengo que afrontar cada día… Hay que trabajar en una doble vertiente: acercar las familias al centro y abrir los centros a las familias; y profesionalizar la educación, trabajando con los futuros educadores.

Hay que cuidar a los alumnos y alumnas en prácticas que llegan a nuestros centros, ofreciéndoles experiencias enriquecedoras, hablando con ellos sin juicios, guiándoles para que sean capaces de dar los mejor de sí mismos y ponerlo al servicio de la educación.

Hay que entrar en las escuelas de magisterio, y hablar de la realidad de la sociedad, de estos niños y niñas, de lo necesario que es un cambio de paradigma y mostrarles el camino, confiando en que ellos y ellas nos adelanten en un tiempo y nos superen.

Ayer viví una experiencia de esas que te llevas en el corazón, de las que llamamos memorables. Tuve la suerte de ser invitada a dar unas ponencias en un instituto a futuros educadores infantiles. Una de ellas era sobre cooperación internacional, y la otra sobre el papel de la música en la educación infantil.

¿Y yo qué hice? Pues les puse a tocar, a cantar, a bailar… les hice vivir en sí mismos lo que se supone que tienen que mostrar a los niños y niñas. El grupo cambió en apenas dos horas… se crearon unas sinergias increíbles, y por los testimonios que compartieron al final de la sesión, su idea sobre qué hacer en un aula se transformó muchísimo. Y por supuesto, tuvieron que aguantarme a mí: “si no estás dispuesto/a a dar lo mejor de tí, estás a tiempo, dedícate a otra cosa”.

Cada vez que tengo la oportunidad de compartir tiempo con futuros maestros, maestras, educadores, monitores, nace en mí una esperanza que va más allá de todo tiempo y espacio… ¡Sé que estamos en el buen camino!

Si tienes alguna experiencia que quieras compartir, te agradezco tu comentario. ¡Feliz fin de semana!