Soy una enamorada del trabajo en equipo, y me encanta practicarlo tanto con mis alumnos y alumnas como con mis iguales. Sin embargo, cada nuevo centro al que llego, cada nuevo equipo del que formo parte, me hace recordar que a nosotras, las de mi generación, no nos formaron para eso, y mucha gente no tiene claro cómo se hace, ni para qué sirve, ni adónde vamos con esta “pérdida de tiempo”.

Una de las premisas básicas del trabajo en equipo es que dejas de ser “una sola”, para ser parte de un todo. De esta forma, con la suma de las individualidades se llega a conseguir un resultado final que siempre, siempre, siempre, es mayor que la suma de sus partes.

No obstante, nunca se debe confundir el ser parte de un grupo o de un equipo con la influencia de “las masas”, que desvirtúan a las personas y anulan prácticamente su emoción y su pensamiento.

Lo esencial del grupo es que acepta la diversidad de sus miembros como una fortaleza, y cada persona integrante del equipo ofrece su mejor versión para llegar al objetivo deseado, que no podría ser otro que “el bien común”.

A finales de 2015, cuando iniciaba el Practicioner de PNL en Mente Colectiva, nos recibieron con el juego “rojos y negros”, actividad a la cuál en ese mismo instante no le encontré el sentido. De hecho, durante esa tarde, al ver el resultado del juego, me pregunté si había llegado al lugar correcto, pues yo tenía claro eso de que “si yo gano, tú ganas” “si tú ganas, ganamos todos”. Pero al parecer era la única que lo tenía tan claro en ese momento, y sin embargo, no tenía tiempo ni ganas de convencer a nadie…

Pasó el tiempo y me dí cuenta de que a veces sabemos en nuestra cabeza cómo es el camino o cuál es la forma de andar, pero estamos lejos de llevarlo a la práctica; y con la guía adecuada, ¡lo conseguimos! Allí comenzaron relaciones personales y profesionales que se han ido afianzando a lo largo de estos años, pues a finales de 2016, todos y todas estábamos convencidos de cuál es la diferencia sustancial entre sumar y restar; y que si tienes una idea y la compartes, siempre serás más rico en ideas que antes (porque las ideas, como el amor, se multiplican al compartirlas); y que es más divertido (y más fácil) crear cosas bonitas entre varias personas que una sola.

Cada día de este curso escolar,  con los niños y niñas de mi aula, experimentamos la vivencia de esta idea de aprendizaje ( y también lo intentamos con los adultos :)). El pasado viernes pude sentirlo con algunos compañeros y compañeras, y con los alumnos y alumnas en prácticas que nos acompañan en el centro. ¡Y no se me quitó la sonrisa en todo el día! (de hecho aún me acompaña)

juntos

¡Es increíble lo que se puede hacer con la suma de todos y todas! Y sobre todo, el gran ejemplo que le damos a niños y niñas de esa posibilidad de sumar…

Para llegar a implementar un trabajo colaborativo de calidad, en el que prime el respeto y la cooperación, y en el que se aprecie la diversidad como una garantía de calidad, hacen falta algunos pasos previos que te muestro a continuación:

1.- Escucha activa.

saberescucharLa escucha activa implica escuchar para entender, en lugar de escuchar para contestar. Implica, además, dar tiempo a la otra persona para que explique lo que quiere decir, respetar su forma de expresarse, sus tiempos, su estilo… Requiere ser capaz de escuchar con empatía, dejando a un lado juicios y prejuicios, y poniendo toda la atención en las palabras de nuestro inlerlocutor.

Para conseguir en clase esto, suelo permitir por ejemplo, que los alumnos hagan preguntas al final de las exposiciones o tras una intervención mía o de sus compañeros y compañeras… de esa forma empiezan a adquirir algunas de las habilidades necesarias para ir trabajando este aspecto tan importante en el trabajo de equipo.

2.- Diálogo socrático.

El diálogo socrático es un diálogo sincero entre una o varias personas, o en un grupo. Se caracteriza por crear un ambiente de investigación a través del diálogo iniciado por una pregunta más o menos filosófica. Suele seguir las reglas de respetar el turno, ser breve, hacer preguntas y responder a lo que se pregunta.

Aquí te dejo un artículo sobre el tema, por si quieres indagar sobre ello. A los niños y niñas de cualquier edad les encanta este tipo de diálogos, y se acostumbran fácilmente a hacerlo parte de la clase, si nosotros conseguimos crear en el aula el clima adecuado para que se produzcan.

3.- Reconocer fortalezas y debilidades.

Es importante para cualquier persona saber qué cosas se le dan bien, y cuáles menos bien. Y para los que trabajamos en educación es mucho más importante, pues el requerimiento de nuestro trabajo para trabajar en equipo y para formar equipos necesita de un auto-conocimiento que en otros empleos no se necesitan.

Como maestra, tengo presente cada día cuáles son mis fortalezas a la hora de llevar a cabo mis funciones, y éso me da la seguridad que necesito para ejecutarlas. Asimismo, el tener claros mis puntos más delicados, me permite ser capaz de pedir ayuda cuando lo necesito.

Además, tener este nivel de conciencia propia nos permitirá poder guiar a nuestros alumnos y alumnas para reconocer y fomentar sus fortalezas, poniéndolas al servicio del grupo; y también guiarles en el desarrollo de aquellas habilidades que aún no poseen o necesitan ejercitar un poco más. Ésto será sin duda un gran paso de calidad en nuestro estilo educativo.

4.- Trabajo en valores.

preguntas

Y todo esto que vengo escribiendo a lo largo de este artículo, no tendría sentido sin un gran trabajo de acción tutorial, guiando el desarrollo de valores esenciales para el crecimiento humano, como son: la libertad, la dignidad, la igualdad, la nobleza, la justicia, la verdad; pero tampoco sin la firme creencia y el claro convencimiento de que los contenidos son respuestas, y el dar respuestas (sin las preguntas previas adecuadas) nos aleja del crecimiento, ya que lo que nos ayuda a crecer y a desarrollarnos es el hacernos preguntas.

Los niños y niñas saben mucho de eso, y si no me crees, haz la prueba y comparte los resultados.

¡Que tengas una feliz semana!