Tras el I Congreso de Neurociencia aplicada a la Educación, la vida ha ido sucediendo tan deprisa que, por muchos temas importantes e interesantes que llegasen a mi cabeza y a mis cuadernos, se me hacía imposible robarle el tiempo que necesito para diseñar y escribir un artículo.

La vuelta de las vacaciones de Semana Santa se ha unido prácticamente a la vorágine de final de curso (que se acerca sin pausa), lo que ha provocado en mí que salten todas las alarmas de “valoración y cierre”, de “seguir sumando” en lo poco que nos queda, de aprovechar el tiempo que me queda en la Península para realizar esa formación que tenía desde hace tiempo en el tintero.

Y con todo ésto llego aquí, pues pacté conmigo misma escribir un artículo esta semana, intentando hacer un compendio de lo que viene rondando mi cabeza en los últimos tiempos.

Voy a hacer un repaso por los asuntos del corazón: las relaciones, la autoestima, el auto-cuidado, la violencia, las emociones… desde el punto de vista de una maestra de Primaria, con la mirada compartida con niños y niñas, y la experiencia (puesta sobre la mesa) de familias y compañeras de profesión.

¿Le damos la vuelta al término “Acoso Escolar”?

Hace tiempo leí una frase que se atribuye a la Madre Teresa de Calcuta: “No me inviten a una marcha en contra de la guerra, invítenme a una marcha a favor de la Paz y seré la primera en asistir”. Me hizo plantearme seriamente mi vocabulario, y sobre todo, empezar a practicar éso que yo llamo SUMAR.

Amor

El día 2 de mayo se celebró el día internacional contra el acoso escolar. Leí numerosos artículos y ví fotografías en redes sociales de centros educativos y personas relacionadas con la educación. Y tomé notas en mis cuadernos, con muchas cuestiones que hoy quiero compartir contigo. ¿Por qué aún no hemos inventado un día mundial para la convivencia escolar? Y si educásemos en el respeto, en la tolerancia, en la diversidad… ¿desaparecería el acoso de un plumazo? Cuando tratamos a los niños y niñas de forma autoritaria, en relaciones verticales de poder, ¿no estamos incitando a la violencia? ¿Se puede conseguir el cambio en una comunidad educativa a través de pequeñas acciones de bondad en la escuela? ¿Alguien se ha planteado en algún momento que el “acosador” en muchos casos es un menor en situación de riesgo que, probablemente, haya sufrido algún tipo de maltrato físico o verbal? ¿Es posible hacer las cosas de otra forma?

Te invito a contestar las preguntas que aquí te planteo y, mientras se abre el debate, voy a compartir contigo algunas experiencias.

Hace aproximadamente siete años, en un colegio con bastantes alumnos y alumnas en riesgo de exclusión social, una compañera y yo nos planteamos poner en marcha un programa que se llamaba “Creciendo con el color de la música”, que nos supuso una mención en los Premios de Innovación Educativa “Giner de los Ríos”. Desde el área de educación artística, diseñamos una serie de actividades con música, pintura y expresión corporal, cuyo objetivo principal era mejorar las relaciones en el grupo fomentando el conocimiento entre niños y niñas de diferentes culturas, nacionalidades y etnias. El resultado superó ampliamente nuestras expectativas, ya que la valoración que aquellos niños y niñas hicieron del programa nos dio mucho que pensar… “pues que cuando conoces a alguien, le quieres más” “ahora entiendo que tiene razón en algunas cosas que hace” “que somos iguales pero diferentes”. Me contaron que aquellos niños y niñas, que entonces tenían entre 7 y 8 años, fueron una promoción diferente, crecieron de forma diferente, se miraban de forma diferente (aunque el programa se dejase de aplicar en años posteriores).

Ha llovido mucho desde entonces, pero algo ha ido creciendo en mi interior paralelamente a mi carrera: la seguridad de saber que si un niño o niña se siente inseguro, triste, aislado, solo, temido, excluido… será incapaz de adquirir ningún tipo de aprendizaje. Así que siempre empiezo por el principio, saber quiénes son mis alumnos y alumnas, y establecer una relación respetuosa con sus familias. Éste es el inicio de la convivencia escolar: el reconocimiento de todos y cada uno de los niños y niñas; y la aceptación incondicional de sus familias, sean cuáles sean sus circunstancias.

Emociones y relaciones: dando la vuelta al sistema.

Si queremos que nuestros alumnos y alumnas lleguen a dar lo mejor de sí mismos académicamente hablando, es necesario crear un clima de seguridad emocional que les permita encontrarse en las condiciones óptimas para realizar estos aprendizajes.

A veces este punto lo tenemos clarísimo, pero se nos escapa la forma de llevarlo a cabo, de hacerlo realidad en el aula. El trabajo, para que sea eficaz, ha de tener tres focos principales: la maestra o maestro, las familias, los niños y niñas.ejemplo

Maestros y maestras: hemos de comprender de una vez por todas que somos el libro más importante de la clase, pues aprenden de nosotras todo el tiempo, imitando nuestra actitud y forma de ser. Es por ello que hemos de ser un modelo positivo emocionalmente hablando.

  • Auto-cuidado: tienes que cuidarte por delante de cualquier cosa. Haz cosas que te gustan, ve a lugares interesantes, lee, haz deporte… Cualquier actividad que te produzca satisfacción y/o paz está influyendo directamente en tu bienestar y en tu estado anímico.
  • Diario emocional: en la locura que supone el día a día, a veces no nos da tiempo siquiera a pensar en cómo nos encontramos. Te invito a que, todos los días, antes de entrar en la clase, identifiques tu estado emocional y de dónde viene ese estado. Te ayudará a ser más consciente de tus propias reacciones y a cambiar el trato que les das a tus alumnos y alumnas.
  • Pedir ayuda: ya sea en una tarea del cole, o en un bache personal, si necesitas una mano que te acompañe en el camino, pide ayuda. A veces solo hace falta un poco de compañía que nos de fuerza y coraje para solucionar una mala situación.
  • Utiliza las palabras mágicas: lo siento, perdón, gracias, por favor. Trata a tus alumnos y alumnas con respeto. Utiliza estas palabras con ellos y con ellas, haciéndoles sentir que son importantes. Si pides un cuaderno por favor, en lugar de cogérselo sin más de la mesa, estarás dando un ejemplo impagable.

Familias: las familias son, sin duda, uno de los grandes pilares de un centro educativo. Merecen nuestro reconocimiento y respeto, ya que ellas deciden dejarnos por unas horas a sus hijos e hijas, confiándonos su bien más preciado. Hemos de establecer con ellas una relación cordial y respetuosa, horizontal, y basada en la aceptación mutua.

  • Evitar los juicios de valor: es importante que, en nuestro trato con las familias, aceptemos su condición sin prejuicios y desde la tolerancia. Aunque resulte complicado creerlo, esta aceptación y reconocimiento afectará directamente en el rendimiento de nuestros alumnos y alumnas.
  • Establecer una relación respetuosa entre iguales: a veces, sobre todo cuando estamos anquilosados en la metodología tradicional, tendemos a adoctrinar a las familias, diciéndoles lo que tienen que hacer o no, sin dar espacio a establecer una relación horizontal de respeto en la que el niño o niña se enriquezca del trabajo de ambos.
  • Abrir el aula y el centro a las familias: debería ser algo natural en un centro las conversaciones entre madres, padres, maestros, maestras. La única forma de aunar criterios, y establecer una línea común de actuación, es el diálogo continuo y constante. Aquí sí es necesario que ofrezcamos a las familias todos esos conocimientos que nos convierten en profesionales de la educación, para que, en la medida de lo posible, puedan aplicarlos en casa.
  • Consensuar objetivos: establecer una serie de objetivos a principio de curso hará que pongamos nuestra atención en ellos, y tanto en casa como en el cole ese niño o niña sentirá que estamos trabajando en equipo por su bienestar.

Niños y niñas: hay tantas formas de posicionarse en el aula, y tantos estilos de enseñanza, como maestros y maestras. Es por ello que te invito a adaptar alguna de las cosas que aquí te planteo a tu forma de ser y a tu carácter personal. Cada maestra, cada maestro, debemos encontrar esa “forma de hacer” que encaje con nuestra personalidad y haga fluir las cosas en el aula.

  • Conoce a tus alumnos y alumnas: quizá es la parte fundamental en un aula con personas de cualquier edad. Necesitamos dedicar un tiempo cada día a hablar con los niños y niñas, tiempo para que se expresen, cuenten sus cosas (o lo que les apetezca compartir) y sobre todo, donde puedan hablar de sus emociones. Se puede establecer a modo de asamblea al inicio del día, o usar unos minutos al comienzo de una materia. Pero hemos de crear ese hábito. Lo que en un inicio puede parecer una “pérdida de tiempo” te hará ganar en rapidez en la ejecución, y en concentración y motivación.
  • Programa de educación emocional y/o de habilidades sociales: es necesario que nos planteemos dedicar un tiempo a trabajar en ello, pues hay habilidades de las que hay que hablar, que hay que practicar y entrenar, para que, llegado el momento, se nos haga sencillo ponerlas en práctica.
  • Educar en la diversidad como la única opción: y aquí, cuando digo diversidad, no solo me refiero a esos niños y niñas con necesidades específicas, sino a todos y cada uno de los niños y niñas de la clase. Partiendo de la realidad de que somos diferentes, llegaremos de forma más natural al respeto de las diferencias, convirtiéndolas en nuestra normalidad.
  • Conviértete en el mejor ejemplo para ellos y para ellas: te miran todo el tiempo, escuchan lo que dices, observan tu forma de comportarte. Y aprenden todo eso, lo interiorizan, lo juegan y lo hacen suyo. Hemos de cuidar nuestras acciones y palabras en todo momento, porque sus inquietas pupilas están clavadas en nosotras.

Creo que te he dejado algunas ideas para empezar a practicar. No obstante, el próximo artículo vendrá con una reseña a un taller de Disciplina Positiva, y a la formación de Yoga para Niños, que llevados al aula nos ayudan a poner en marcha muchos de los temas tratados en este artículo.