Mañana hace un año del inicio de un viaje que, si no me cambió la vida, me ayudó a colocar muchas cosas dentro de mí, y también en mi forma de ver y de mirar al mundo que me rodea. La apertura al cambio, a dejarme llevar, a fluir, a dejar las expectativas a un lado, se ha convertido en mi gran compañera de camino.

Con una mochila de 40 litros a la espalda, llena de ilusión y amor, una maleta cargada con materiales escolares (para el programa) y con poco presupuesto, pasé tres meses entre un programa de cooperación internacional y la visita a algunos lugares que quería ver desde hace tiempo. Aterricé en Barajas el 22 de agosto con tantas sensaciones, vivencias y conocimientos en cada poro de mi piel, que me era imposible describir con palabras mi viaje a personas que no hubieran experimentado algo parecido.

Me incorporé a mi vida como maestra con mi mochila llena de experiencias, y muy conectada con quién soy y hacia dónde quiero ir. Ese “estar presente” ha marcado cada una de mis decisiones y actuaciones con los niños y niñas (y con los adultos) y me ha hecho plantearme cuál podría ser la forma de llevar un centro en esa dirección.

He observado que en la vida, en la escuela, en el trabajo, a veces olvidamos que necesitamos volver a esa esencia que nos hace humanos, volver al “ser personas”, a sentir, a escuchar, a amar, a ayudar a los demás. Hoy quería mostrarte algunas pinceladas de disciplina positiva, y de su mano, la forma de ir integrando el yoga en la escuela. Sin embargo, las vivencias de esta semana con los niños y niñas del cole, me invitan a volver a hablar de valores: de la bondad, de la amabilidad, de la compasión, de la verdad, de la justicia, de la tolerancia, del respeto… Ellos, ellas, siempre nos sorprenden gratamente… y las personas que les acompañamos debemos intentar estar a la altura.

“La paciencia es la madre de la ciencia” y la base de la educación respetuosa.

Hay procesos que llevan semanas, meses, e incluso años. Cuando hablamos de valores y de emociones, suelen ser siempre años. Lo que vamos sembrando en la vida de niños y niñas cuando apenas pueden hablar, al igual que las plantas de bambú, se hará visible cuando menos lo esperemos.

PacienciaSolo necesitamos una cosa para asegurarnos el éxito de cualquiera de los valores que queremos transmitir a las futuras generaciones: practicarlos. A veces, como adultos, se nos hacen difíciles algunas situaciones que se nos plantean. Nadie nos ha enseñado inteligencia emocional, a ser asertivos y asertivas, o a ser personas compasivas con el prójimo. ¿Por qué unas personas tienen estas habilidades y otras no? Es una pregunta que deberíamos saber responder, porque ahí se inicia el camino del cambio. Si queremos que los niños y niñas a nuestro alrededor practiquen algunos de estos valores, y los lleven a su vida, hemos de ser capaces, como adultos, de entenderlos y practicarlos.

Soy muy consciente de la dificultad que implica levantarse cada mañana, y pensar cómo me siento hoy, por qué me siento así, y aceptarlo como parte de uno mismo, de una misma. Soy consciente de que algunas personas se levantan con ruido, ponen música nada más despertarse, se conectan a las redes sociales, chatean o hablan sin parar, porque eso hace que no escuchen el silencio de fuera y el ruido dentro de sus cabezas. Soy consciente de que la desconexión del interior forma parte, en muchas ocasiones, de la vida de las personas desde siempre. Se ve en sus gestos, en sus acciones, en su forma de caminar, de hablar, de relacionarse. Y esa consciencia es la que me hace invitarte hoy a que, si te has sentido reconocido o reconocida en mis palabras, cambies algo. Es tu decisión, puedes empezar poco a poco, por pequeñas cosas, e ir convirtiendo tu vida en un lugar más amable para tí y todas las personas que te rodean (especialmente los niños y niñas).

Estamos haciendo en el cole un programa para mejorar la convivencia, y me sigue sorprendiendo la forma en la que niños y niñas integran cada cosas que hacemos en su día a día sin dificultades, mientras que a los adultos nos cuesta incluso identificar (en ocasiones) qué es lo que se está trabajando. Sería genial que la exclusiva de los viernes fuera de obligatoria asistencia a dinámicas de grupo y crecimiento personal. Las maestras y maestros nos iríamos a casa con una sonrisa y se mejorarían mucho las relaciones, tanto profesionales como personales.

A continuación voy a hacer un listado (desde mi punto de vista) de pequeñas acciones que podemos realizar en un centro educativo, y que seguro mejorarían mucho la convivencia entre quiénes allí pasamos nuestro día a día. Ten en cuenta que te hablo desde mi experiencia, ya que he probado cada una de las cosas que aquí vas a leer.

¿Hacemos del cole un lugar más bonito entre todos y todas?

En varios cursos de los que he realizado este año, me han hecho esa pregunta de ¿qué esperas de la educación? Y mi respuesta, como ya habrás leído en mi presentación, es que espero que cambie el mundo.

Y ese cambio, sin duda empieza por cada una de nosotras, por cada uno de vosotros, por dar ejemplo y ser ejemplares, por dar un primer paso, y otro después, por entender que la vida es un aprendizaje continuo cuando estás en el camino del descubrimiento.

Ahora te propongo unas cuantas cosas que puedes probar en tu cole (o en tu casa) y si quieres, compartir tus vivencias cuando lo hagas en los comentarios de este artículo.

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Respeto: creo que es una de las palabras que más he mencionado este año. Se trata de ver al otro como una persona con iguales condiciones que nosotras mismas. Y es importante en las relaciones entre adultos, pero sobre todo con los niños y niñas… Para practicarlo te invito a que: escuches antes de hablar, tengas en cuenta cómo se siente el otro antes de proponerle algo diferente, dejes las cosas en su sitio cuando las has utilizado, cumplas las normas y los acuerdos pactados democráticamente, respetes los horarios y los tiempos de descanso, evites interrumpir cuando alguien está hablando, que des la misma importancia a todas las personas en la misma situación (grupo de alumnos y alumnas, grupo de familias, grupo de maestras y maestros…) dejando a un lado los tratos de favor o las etiquetas… Y podría sumar muchos más, pero creo que para empezar es suficiente (o demasiado :S).

Amabilidad: es una cualidad que implica tener en cuenta a la otra persona, sin juzgarla, intentando hacer su existencia más bonita. Una forma bonita de practicarlo es saludando siempre, a ser posible usando el nombre. También pedir las cosas por favor y dar las gracias. Solidarizarse ante una situación triste (pésame, condolencias, mano en el hombro ante una mala nota o mal resultado deportivo…), y/o ante una alegre (felicitaciones, celebraciones, buenos resultados…). A veces, como adultos, guardamos la amabilidad para las personas cercanas a nosotros y para nuestros amigos; cuando esta cualidad debería estar presente en la vida de todos y todas a diario.

Bondad y justicia: voy a unir estos dos valores, porque lo ideal es la tendencia a cumplirlos indistintamente de quién sea la persona que tenemos delante nuestro. “Haz el bien y no mires a quién” es un refrán que podría resumirlo. Comparte tus conocimientos, ayuda a quién lo necesita, sustituye a un compañero o compañera que se encuentra mal o tiene un mal día, deja que ese alumno o alumna que ha dormido fatal trabaje hoy un poco menos que el resto, sé tolerante con quiénes sabes que están pasando una situación difícil… y todo ello, desde la justicia. La justicia implica que todos y todas somos responsables de nuestras palabras y nuestros actos en todo momento. Se puede perdonar a alguien desde el corazón, y a la vez considerar necesaria una reparación del daño causado. Justicia y bondad han de ir de la mano para conseguir un equilibrio sostenible para nuestro bienestar emocional.

Tolerancia y verdad: en mi caso, cuando alguien me cuenta “su verdad” suele resultarme más sencillo ser tolerante. Así lo he visto también en niños y niñas, y en mi trato con las familias durante todos los años que llevo ejerciendo como docente. Es más fácil ser paciente y tolerante cuando alguien te dice “tengo un mal día” que cuando solo ves sus conductas intentando “escaquearse del trabajo”. Debemos intentar ser sinceros (dentro de la posibilidad que cada una tenga respecto a su privacidad) ya que ello nos llevará a practicar la tolerancia, con nosotros mismos y con el resto.

Compasión: podría escribir varios artículos sobre cómo vivo yo eso que llamamos compasión, y el cambio que ha supuesto en mi vida el practicarla. La compasión implica identificar y reconocer el sufrimiento en el otro, y desear que se acabe, ofreciendo los recursos que nosotros tenemos para ayudarle, sin establecer una deuda, o esperar que la otra persona haga algo a cambio. Hay muchas formas de ser compasivo en el día a día: a veces basta una sonrisa para alegrar una vida. Como docentes, nuestro mayor acto compasivo debería ser hacia esas familias desestructuradas o perdidas, que necesitan más nuestra comprensión que otras con las que podemos conectar mejor. También, como padres y madres, nuestra compasión debería ir hacia esos niños y niñas “especiales”, ayudando a tirar las etiquetas que los definen y dándoles una nueva oportunidad. Podemos ser compasivos con nuestras parejas, las maestras y maestros de nuestros hijos e hijas, las familias de nuestros alumnos y alumnas, colegas de profesión, etc.

Y sobre todo, déjame decirte, que la paciencia es la actitud que nos llevará a tener una vida más bonita, pues ninguna de las habilidades de las que te he hablado podrían florecer de un día para otro, pues requieren de mucha práctica y de mucha paciencia. Los valores están en lo más profundo de nuestro ser, y si hemos crecido alejados de ellos, siempre es un buen momento para empezar a construirlos.

¡Feliz semana!