La entrada de esta semana estaba programada para tratar el tema de los festivales escolares, tanto del propio centro como de las empresas encargadas de las actividades extraescolares. Sin embargo, mi paseo de hoy por redes sociales me ha hecho reflexionar sobre ello, y conectar este tema con otros muchos que, sin ser “trending topic”, son de actualidad y merecen al menos una reseña. Todos ellos giran en torno a lo mismo: ¿En qué mundo vivimos?

Me encantaría que te pares a pensar cuántas veces has oído esta frase en los últimos tiempos; y dónde la has escuchado, en qué situación, qué personas se encontraban contigo, qué sentiste, qué hiciste, si hablaste o guardaste tu opinión para más tarde… Pues bien, yo tengo una repuesta muy sencilla a esa pregunta. Vivimos aquí, en este mundo; ahora, en este instante; en un espacio y tiempo que vamos construyendo entre todos y todas.

Normalmente cuando se utilizan este tipo de frases, las personas suelen referirse al mundo como un lugar en el que ocurren tragedias, suicidios, homicidios, desastres naturales, etc. La mayoría de todos esos sucesos son creados y/o ejecutados por personas. Sí, personas como tú y como yo, que probablemente sufrieron en su infancia y/o se han visto sometidas a situaciones que nos resultan del todo inimaginables.

palabras-y-ejemplosPero aún sin llegar a ésto, que probablemente sea algo fuera de nuestro ámbito de acción, cada día, en muchos centros educativos, en muchos hogares, un montón de niños y niñas reciben ejemplos más o menos sutiles de machismo, violencia, racismo, xenofobia, exclusión social, adicciones, etc.

Cada pequeña acción, cada pequeño gesto que hacemos, visto por un niño o por una niña, se convierte en una fuente de aprendizaje, de donde extraerán en gran parte las acciones que definirán las personas en las que van a convertirse en el futuro.

Este fin de semana ha estado lleno de trágicos sucesos eclipsados por una final de fútbol de la Liga de Campeones. Mi semana también ha estado llena de grandes experiencias (buenas y malas) que me han llevado a la reflexión. Voy a intentar compartir contigo alguna de ellas intentando aportar una visión clara de cómo se previenen los hechos desde el punto de vista educativo (tanto en la escuela como en casa).

Violencia de género.

A lo largo de mi carrera he tenido la oportunidad de trabajar con adolescentes en varias ocasiones. En los últimos años me ha sorprendido mucho el trato que se dan entre ellos y ellas (“perra”, “cabrón”, “putilla”, “chulo”, etc.) y, sobre todo, las relaciones de pareja tan insanas que establecen. Seguramente estás pensando que ésto es cosa de barrios marginales, y que es imposible que le ocurra a tus hijos o hijas, a tus alumnos y alumnas en el futuro. Pues sí, pasa. Y pasa en centros públicos, centros concertados, y en centros privados; en casi la mayoría de las clases sociales y en muchos ámbitos.

La primera vez que una niña de 15-16 años me dijo que su novio decidía con quién quedaba, que le miraba los mensajes de móvil, y que le decía qué ropa ponerse, me quedé alucinada. Hoy, al leer en la prensa que una chica de 17 años ha sufrido una brutal paliza por parte de su novio y que no ha querido denunciar, me he preguntado otra vez qué es lo que hacemos con estos chicos y chicas en la escuela para que lleguen a tener esas conductas. Entonces, me viene a la cabeza la respuesta que siempre da en sus conferencias Francisco Mora cuando le preguntan qué hacemos con los adolescentes: educarles cuando tienen 3 años.

En la escuela, en la familia, en el parque, en cualquier lugar donde haya niños y niñas, tenemos la importante labor de practicar la co-educación. Esto significa que debemos tener siempre en mente el dar visibilidad a niños y niñas por igual; evitar las frases como “llorar es de niñas” “tú que eres un valiente, la vas a defender y a cuidar” “los niños son más fuertes y brutos” “las niñas son más modositas y más buenas” y todas las que conllevan un tópico o estereotipo relacionado con el género; educar en el respeto a la diversidad de las personas en lugar de definirlas en base a su identidad sexual; trabajar esa diversidad en el aula, como algo habitual incidiendo en que ninguna conducta tiene que ver con el ser niño o ser niña.

Y sobre todo, y lo más importante, educar con el ejemplo. Cuando un hombre se refiere a sus compañeras o miembros de su equipo como “mis chicas”, está diciendo de forma implícita que las mujeres pueden ser objetos que se poseen. Si lo hiciese una mujer, podría tener el mismo tinte, aunque lo “socialmente admitido” sería que para ella son como “sus hijos”. Cuando entramos en un aula y decimos: “a ver, niños, qué vamos a leer hoy”… invisibilizamos a todas las niñas que hay en ese aula. Y suma y sigue… si nos fijamos un poquito, podríamos darnos cuenta de un sinfín de micromachismos contenidos en nuestro día a día, y por parte de personas “normales”.

En casa sucede lo mismo. La forma en la que papá habla a mamá, o mamá a papá, los roles que asume cada uno y cada una, todo está formando la futura persona en la que se convertirán esos niños y niñas. Y por norma general, son ellas las que salen perdiendo, porque repetirán sin planteárselo todo lo que han visto en casa hacer a sus progenitores. (desde ceder a hacer cosas que no les gustan, hasta asumir como algo normal el encargarse del hogar, los niños y su trabajo fuera de casa, o renunciar a su carrera profesional)

Cuando expreso muchas de estas cosas, me llaman exagerada… y quizá lo sea porque el tema lo merece. Así que te sugiero que mires la prensa, y las estadísticas, y después decidas si merece o no la pena tenerlo en cuenta.

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Atentados suicidas, histeria colectiva, suicidios adolescentes.

Desafortunadamente, y por más que me duela escribirlo, muchos niños y niñas crecen llenos de odio, de rabia, de rencor, de dolor, de celos, de envidia, de venganza contenida.

Ellos, ellas, suelen ser diferentes a la mayoría de niñas y niños de su entorno, debido a su origen, religión, identidad sexual, características físicas y/o mentales, dificultades académicas. Por ello, son excluidos y excluidas en muchas ocasiones de los juegos, se les pone etiquetas, se les somete a situaciones vergonzosas dentro y fuera del aula, se les grita, se les trata diferente, se les humilla… ¿Te parece duro leerlo? Seguro que ahora no puedes parar…

Imagina el infierno que puede llegar a ser su vida. Una de las cosas que más me impactó cuando empecé a conocer la educación emocional es que el enfado casi siempre encubre a la tristeza. Esa tristeza de la infancia, de ser diferente, de no pertenecer a ningún lugar ni a ningún grupo, se convierte con los años en odio contra el mundo, contra las personas, contra sí mismas.

Se puede acabar con ésto trabajando en serio la diversidad. Esta vez hablamos de diversidad cultural, social, cognitiva, económica… diversidad al fin y al cabo. Hablemos con ellos y con ellas de qué nos hace diferentes y qué nos hace parecidos. Dejemos que se conozcan, que se hagan amigos, que se hagan amigas, que se enriquezcan unos a las otras, que crucen todas las fronteras físicas y las barreras culturales, idiomáticas y sociales para construir un mundo más empático y tolerante.

Solo soy una niña, déjame disfrutar.

Siguiendo con la diversidad, la he visto esta semana elevada a su mayor exponente en un festival de fin de curso de actividades extraescolares. Te voy a contar en pocas palabras las cosas que más me impactaron.

Los adultos comportándose sin valores, ni civismo, ni educación. He de decir que las conductas generales (esperar la cola, mantenerse en su asiento durante las actuaciones, etc) han mejorado desde la última vez que asistí a un evento de este tipo. Sin embargo me siguen resonando en los oídos esas frases despectivas respecto a quiénes actúan: “mira la chinita bailando sevillanas” con tono de burla y riéndose, “la gorda no puede ni moverse” y afirmaciones por el estilo. Y sí, yo también tengo ojos, y quizá perciben lo mismo que el resto; sin embargo mis conexiones neuronales me llevan a plantearme cuál es la causa de la obesidad de esa niña o qué ha llevado a esa chinita a su afición al baile. Pienso en esas niñas como personas, y reconozco (por experiencia de ensayos) todo el trabajo que hay detrás de un montaje como éste.

En fin, son solo adultos víctimas de esta sociedad de estereotipos en la que vivimos, que probablemente sean maravillosas personas y ni siquiera se han planteado lo que estoy escribiendo en este artículo hoy.

Si esos comentarios me rechinaban, cuando me hice consciente de que esa segregación se hacía desde dentro, mis ojos atónitos no querían creerlos. Dos profes de baile, con dos grupos cada una. Una con más sensibilidad que la otra. Una entiende que es una actividad de ocio, y la otra que les trata como profesionales. Una que coloca a las bailarinas de distinta forma en cada bailes para que todas tengan sus minutos de protagonismo. Otra que pone siempre delante a las más guapas y a las que mejor lo hacen. Poco más que añadir. Estamos en actividades colectivas extraescolares, no en un conservatorio de danza, ni en una competición de baile… solo son niñas que (probablemente) tienen que hacer algo hasta que sus familias puedan recogerlas en el cole, y que han elegido el baile. Se han esforzado, han superado el miedo de subir a un escenario, conocen los pasos, y merecen ser vistas al menos en un cambio de posición.

Por último me enteré de que se habían negado a la colaboración de padres y madres en los vestuarios para no tener mucho lío, por lo cual dejaban solitas a casi veinte niñas de 4 y 5 años en un vestuario, sin agua y sin comida, hasta su próximo número. Así escrito parece una condena… y posiblemente lo fue. Lloraron y llamaron a sus mamis, y quizá ésta se haya convertido en una experiencia paralizante que no querrán volver a repetir en su vida, por más que amen el baile.

Ahora sí soy yo la que te pregunta: ¿En qué mundo vivimos? ¿Tan difícil es entender que solo son niños y niñas?