Cada vez más escuelas ponen su punto de mira en la innovación, y al pensar en innovación se enfoca irremediablemente en el cambio de metodologías, en los espacios, en los agrupamientos. Incluso cuando el cambio es este último, trabajo en pares, en equipo, en cooperativo, el foco de atención es el agrupamiento… y yo me pregunto, ¿acaso nadie se da cuenta de que hacen falta una serie de cualidades previas para trabajar de esta manera y no quedarnos en “tierra de nadie”?

Si me sigues desde hace tiempo conocerás ya mi postura de que para cambiar, el cambio ha de surgir desde dentro y partiendo de una profunda reflexión sobre los porqués que nos llevan a ese cambio metodológico, a dinamizar los espacios, a crear agrupamientos flexibles.

Y es que para que un niño o una niña puedan trabajar de forma autónoma, cooperativa, respetuosa, responsable… han de tener desarrolladas una serie de cualidades y/o capacidades de las que poco se habla más allá de “la taxonomía de Bloom”. Si sabemos que para aprender a multiplicar hemos de manejar el concepto de la suma, que para leer de forma comprensiva primero hemos de saber descifrar cada fonema y haber trabajado antes para preparar el cerebro pre-lector, ¿por qué damos por hecho que todos los niños y niñas vienen con todas esas cualidades de serie? ¿Por qué damos por hecho que tiene que saber escuchar, respetar los turnos, pensar, analizar, sintetizar…? ¿Por qué se nos olvida dar esa importancia merecida, y ese espacio de tiempo a las cualidades personales, al crecimiento personal, a esas cualidades que les valdrán, más allá del cole, para la vida?

Si sigues mis redes sociales (Facebook, Twitter e Instagram) habrás podido observar que cada día he ido dando una pincelada de esas cualidades que, desde mi punto de vista, facilitan la vida de los niños y niñas dentro y fuera del aula. A continuación, voy a contarte más extensamente por qué creo que son importantes en el aula, y algún ejemplo sobre cómo trabajarlas.

Cualidades para lograr un buen clima de trabajo en el aula.

Sea cual sea la metodología que utilizas, te invito a que trabajes alguna (o todas) de las cualidades que hoy te presento. Las metodologías activas requieren de un mayor protagonismo del alumno o alumna, que se convierten en protagonistas de su propio aprendizaje. Es por ello, que requerirán desarrollarse en el plano personal, para equilibrar sus emociones, ser capaces de defender sus ideas sin faltar el respeto a los demás, liderar equipos o participar en ellos, etc.

Empezamos el pasado lunes hablando de la empatía, a la que siguieron la escucha activa, asertividad, compasión, gratitud y paciencia… Vamos a ir adentrándonos en el aula de la mano de cada una de ellas.

  • Paciencia.

Como dice Joyce Meyer “paciencia es tener una buena actitud mientras esperas”. Vivimos en la sociedad de la globalización, en la que el avance de la tecnología hace que toda la información esté disponible en cuestión de segundos. Sin embargo, algunas de las enfermedades más comunes de este siglo XXI (estrés, depresión, hipertensión, insomnio) nos hablan de la necesidad de aprender a ir más despacio, a pensar en el presente, a disfrutar de cada momento.

Llegas al aula y… casi antes de dar los buenos días, ¿qué vamos a hacer hoy? ¿Cuándo comemos? Niños y niñas que apenas saben leer preocupados por el después, por el mañana, sin tiempo para disfrutar de una práctica, de una actividad, del ahora.

Llevo tiempo trabajando el “Mindfulness” o “atención plena” en el aula. Ese pequeño ejercicio al inicio de la sesión, les trae al presente y les ayuda a tener paciencia para esperar el comienzo de la clase.

Para ejercitar la paciencia, basta con parar de vez en cuando a respirar, sin nada que hacer, sin nada que observar, simplemente prestando atención a la respiración durante un minuto. Puedes ponerte un pequeño aviso a una hora determinada, y cuando suene, parar la clase y dedicar ese minuto a respirar. Otra forma de fomentar la paciencia es hacer turnos… nos hemos acostumbrado a que hagan las cosas a la vez para ir más deprisa, y en cambio, si tienen que compartir materiales, espacios, documentos… la espera se convierte en un buen momento para fomentar esa actitud de ser paciente.

  • Escucha activa. 

La escucha activa requiere ser capaz de poner la atención en el otro, en lo que nos quiere transmitir, en su mensaje… habitualmente en la escuela se ha enseñado a responder, y solo con una respuesta correcta, por lo que en lugar de escuchar, muchos alumnos y alumnas se dedicaban a seleccionar datos para poder responder rápidamente y de forma adecuada.

Para potenciar la escucha activa, hay algunos juegos que se pueden hacer en clase… Uno muy sencillo, y altamente eficaz, es el juego del espejo, pero con sonidos y frases. Se puede empezar con percusión corporal, e ir introduciendo palabras, expresiones, frases. De esta forma, aprenden a escuchar el mensaje y también a leer los gestos y posiciones que adopta el cuerpo en base al mensaje que está trasmitiendo. También les divierte mucho jugar a adivinar quién lo dijo. Un niño o niña se sitúa de espaldas o con los ojos tapados, y alguien de la clase le dice algo que tiene que hacer. A la vez que sigue las instrucciones, tiene que adivinar quién las dijo.

El trabajo de la escucha activa nos facilitará y hará posible el desarrollo de las siguientes cualidades.

  • Empatía.

La empatía hace posible que nos pongamos en el lugar del otro sin perder nuestro centro. Normalmente se trasmite a los niños y niñas, desde pequeñitos la necesidad de sentir “simpatía” hacia los demás, con frases como “tenéis que ser amigos”, “tienes que compartir”, etc. Y en este afán por incluirles en una civilización que se preocupa más de las apariencias que del fondo, olvidamos recordarles que tienen que cuidar de sí mismos y sentirse seguros antes de dar un paso hacia el otro.

Para poder ponerme en el lugar del otro, antes debo saber cuál es mi lugar, y desde ahí ir relacionándome con el mundo de una forma lo más segura posible, en un entorno de seguridad. El trabajo de la empatía está ligado íntimamente al de la autoestima, pues es difícil que se dé una sin la otra. La empatía ha de desarrollarse día a día, verbalizando las situaciones cotidianas. Por ejemplo, el año pasado cuando teníamos la asamblea al comenzar el día, algunos niños y niñas compartían sus miedos (ir al dentista, ponerse una vacuna, una prueba de inglés…) y eran sus compañeros y compañeras quienes les acompañaban en ese proceso (bajo mi atenta mirada :)) Creo que la forma más bonita de trabajar la empatía es trayéndola a la clase en todos los momentos que surjan situaciones que lo hagan posible.

  • Asertividad.

Podríamos definir la asertividad como la capacidad que tengo de expresar mi opinión sin necesidad de que todos la acepten, y sin tener que agredir o enfrentarme al otro para defenderla. Al igual que la empatía, la asertividad ha de estar presente en el aula de forma cotidiana.

La forma de integrarla es más sencilla de lo que crees, pues se trata de darle validez a los pensamientos, sentimientos y expresiones de niños y niñas, más allá de si son acertados o equivocados. Deberíamos ser capaces de guiarles para que ellos mismos y ellas mismas vayan descubriendo sus propios errores.

Otra forma de fomentarlo es provocando diálogos socráticos, en los que se trata de establecer una conversación sincera en torno a un tema determinado, en el que cada uno y cada una van añadiendo su punto de vista de forma respetuosa, y siempre pensando en aportar algo nuevo, en sumar, en crear.

  • Gratitud.

A lo largo de mi carrera, he oído muchas veces esa frase que dice “los niños de hoy en día no valoran nada, son unos desagradecidos”. Y posiblemente, en algunos casos, sea una gran verdad. Y yo me pregunto, ¿será que nadie les ha mostrado cómo hacerlo?

¿Cuántas veces le has dado las gracias a un niño o a una niña por algo que hace espontáneamente? ¿Cuántas veces les das las gracias por su trabajo, por su atención, por escucharte? Quizá haya quien piense que es su obligación, y sin entrar en desmentirlo o no, creo que no está de más que alguien agradezca lo que está bien hecho.

Algo que suelo hacer a menudo en la escuela es darles las gracias al final de la sesión por su colaboración, su atención, su respeto, por divertirse y hacer que hayamos pasado un rato genial. Y tanto mayores como pequeños (doy clase también en 3 añitos) las primeras veces ponen cara de sorpresa, y poco a poco, van adoptando este tipo de expresiones en su vocabulario cotidiano de la clase.

  • Compasión.

Quizá al leer esta palabra te pareció que estaba lejana del campo educativo, y yo te digo que hemos de practicarla y ser ejemplo, para que aprendan a incluirla en su vida cotidiana.

Algo que está muy al uso los últimos años es que los niños y niñas aprendieron a pedir perdón, y a que les perdonasen sin más. Esto les hace mucho daño, ya que no les permite aprender las consecuencias de sus actos, ni entender que se puede perdonar queriendo que repongas el daño causado.

De esto habla la compasión… de perdonar sin rencor, pero con la firmeza de querer que haya una solución justa para lo que ha pasado. Cuando estamos en el entorno escolar, es bastante sencillo resarcir el daño causado. Como adultos, hemos de acompañar estos procesos, dando ejemplo siempre de que cada acto implica unas consecuencias que dependerán de lo que se ha hecho, sin enfados, sin gritos, sin culpas… simplemente con responsabilidad.

Todas estas cualidades, que se pueden ir desarrollando en el aula de forma natural, harán que esos niños y niñas estén cada vez más preparados para trabajar con otras personas, y para formar parte activa de equipos que funcionen de una forma fluida, respetuosa y responsable.

Seguiré escribiendo sobre actitudes y habilidades y cómo desarrollarlas en el aula… y tú, ¿destacarías alguna habilidad por encima de las otras? ¿Tienes alguna experiencia que compartir? ¡Me encantaría leerlas! Puedes dejar un mensaje más abajo en los comentarios. ¡Feliz semana!