Si consultamos el diccionario de la RAE, éste tiene ocho definiciones para el verbo “acompañar”. Entre ellas, dice “estar en compañía de otra u otras personas” y “participar en los sentimientos de alguien”. De ésto quiero hablarte principalmente en el artículo de hoy.

Para ello, primero me gustaría que intentes dar respuesta a las siguientes preguntas: ¿es posible educar o enseñar sin acompañar? ¿Se puede acompañar en la escuela al margen de los sentimientos? ¿Se puede acompañar a un niño o a una niña obviando a su familia, pasando por alto el entorno en el que vive habitualmente? ¿Hay que tener alguna cualidad o característica especial para acompañar?

El acompañamiento que guía.

“La gente suele saber lo que debe hacerse, y tú sólo debes mostrarles el camino; ésa es la verdadera sabiduría”. Con esta frase del libro “Eragon” de Christopher Paolini, podemos ver claramente de qué hablamos cuando decimos acompañamiento. Y ni siquiera soy partícipe de mostrar sólo un camino, sino todos los posibles e imposibles… las opciones han de estar ahí, y cada persona, cada familia, cada maestro o maestra, sabrán ver cuál es el mejor para ellos, el que se corresponde con sus valores, con su forma de entender el mundo y la vida… hay tantas posibilidades como personas hay en el mundo.

En esta época en la que parece que el coaching está de moda, y cualquiera con un curso de unas horas o unos días parece estar capacitado para el acompañamiento, yo vuelvo a apostar por el sentido común en la escuela, por el amor, por las personas. Porque la única forma de acompañar es poniendo el foco en el otro, en sus cualidades y características, en las circunstancias que le rodean y que le convierten en una persona única y diferente de las demás.

Hoy voy a centrar mi atención principalmente en el acompañamiento escolar y familiar, y también en cómo acompañar al margen de la escuela, pues es extremadamente triste, citando a César Bona, que “la felicidad de un niño dependa del maestro que le toque”. Afortunadamente, siempre habrá quien nos de un caramelo a escondidas (o una galleta de chocolate :)), limpie nuestras lágrimas, y tenga siempre listo un abrazo de consuelo.

hands-2847508_640 (1)

Acompañar en el entorno escolar.

Podemos hablar de dos tipos de acompañamiento, el que se hace al niño o a la niña, y el que ha de realizarse con su familia.

El primero debería ser sencillo para un tutor o tutora, que pasa las suficientes horas con su grupo como para poder conversar lo suficiente como para conocerles, saber cómo son, qué cosas les gustan, qué les mueve a estudiar, a investigar, a hacer cosas diferentes… Y lo hacen en el día a día, mientras siguen el temario, entregan  programaciones, se reúnen con las familias, planifican clases, preparan trabajos y ambientes de aprendizaje. Son personas implicadas con su profesión, porque para ser maestro, profesor, para guiar a otro… hay que poseer una materia prima diferente, que habitualmente se localiza en el corazón. Sí, seguro que en este punto (y a pesar de que las comparaciones son odiosas) estás pensando en uno de esos maestros o maestras que solo van a “vender su libro” y, olvidando que tienen dos orejas para escuchar el doble de lo que hablan, solo pueden hablar, y pedir, y explicar, y exigir, y mandar, y regañar, y castigar… sin escuchar nunca lo que esas pequeñas personitas necesitan decirles, sin prestar atención a sus necesidades, sin proporcionarles un entorno seguro para desarrollar estrategias emocionales.

¿Y sabes qué? Probablemente tampoco tuvieron una educación respetuosa, nadie les acompañó en su desarrollo, en su crecimiento, en su búsqueda… nadie les dijo que podía hacerse de otra manera… así que, para ellos y para ellas, para tí, para que a mí no se me olvide que éste es el único camino, recordemos que para acompañar, solo hay que seguir unas premisas muy sencillas…

  • Establecer una relación horizontal, tanto física como verbalmente. Sitúate a su altura para hablarle, establece una relación de respeto recíproco, respeta su palabra tanto como crees que debe respetar la tuya, escúchale.
  • Presta atención al origen de la conducta, más que a la conducta en sí misma. Pregúntate qué hace que ese niño o esa niña llore, qué hace que pegue patadas a una mochila, por qué escupe o pega a los compañeros… cuando tratamos mal a los demás, habitualmente ese es el mismo tono que usamos con nosotros mismos. Acompáñalo hacia el cambio de actitud, con firmeza pero con cariño, con respeto, con atención.
  • Valida sus emociones, aunque no las entiendas. Dale importancia a lo que siente, sea dolor, alegría, frío, calor, entusiasmo, tristeza, euforia, rabia… deja que te explique qué le lleva a esa excitación o a esa calma. Ten paciencia y déjale que acabe. Quizá no te de tiempo a hacer otras cosas, quizá ese ejercicio quede sin corregir por hoy, pero es posible que haya sido un gran momento en la vida de ese niño o esa niña a la que hoy un adulto le ha prestado atención.
  • Muéstrale incógnitas, deja que se sorprenda, que investigue, que saque sus conclusiones (aunque a veces sean equivocadas), permite que aprenda a su ritmo, sin presión. Su ritmo es diferente al de cualquier otra persona, no podemos nunca exigirles a todos lo mismo, ni de la misma manera.
  • Y sobre todo, y por encima de todo, acéptalo incondicionalmente. No hay nada más bonito para alguien que sentirse aceptado y amado por ser quién es, por ser como es. Cada persona es un ser inédito al que debemos apoyar en su desarrollo. Hemos de evitar intentar hacerlos a todos iguales, pues perderían el encanto de la autenticidad.

Para saber si estás realizando un acompañamiento adecuado de tus alumnos y alumnas, simplemente piensa si solo te preocupa cumplir tus objetivos o si tienes en cuenta también sus gustos, emociones y preferencias. También puedes plantearte cuánto les conoces, qué sabes de ellos y de ellas. Habrá quiénes piensen que ésto no es importante, pero afortunadamente el campo de la neurociencia, a través de la neuroeducación, cada vez nos acerca más a conocimientos empíricos que apoyan estas teorías.

Acompañamiento a las familias.

Hace tiempo oí decir a un compañero que le encantaría tener autoridad frente a las familias. Más recientemente me han acusado de formarme (e informarme en temas pedagógicos) en mi tiempo libre. Y me encanta cuando se plantean estas cuestiones, pues fortalecen más mi autodefinición (tomada de José Ramón Gamo) como “friki” de la educación.

avatar-2191918_640

Si me sigues desde hace tiempo, conocerás el proyecto de familias que llevamos a cabo el año pasado. Ganamos autoridad cuando sabemos lo que hacemos, cuando nos preocupamos por estar al día en los avances metodológicos, científicos y pedagógicos. Ganamos profesionalidad cuando buscamos alternativas a cosas que, a la vista está, no funcionan. Cada vez que me hablan de que un niño de sexto (tachado como actitudinalmente insoportable) lleva así toda la vida, lo siento como un fracaso del equipo, del centro, del sistema. Obviamente, algo se nos escapa.

Para conseguir autoridad y respeto por parte de las familias, hemos de practicar la reciprocidad, es decir, darles autoridad y respeto a ellas. Una vez establecida esa relación de apego y respeto mutuo, entonces podemos acompañarles en la educación de sus hijos e hijas.

La sociedad va cambiando a pasos agigantados, la tecnología avanza cada segundo proporcionando al entorno educativo un marco diferente y cambiando la panorámica de relaciones a día de hoy. Las familias de ahora son diferentes puesto que la sociedad en sí misma lo es. Es necesario ampliar la visión, ampliar horizontes y ser consciente de que somos herramientas para el cambio social.

Hemos de acompañar a las familias desde el lugar en el que están, desde el lugar al que pertenecen. Hemos de aceptar su situación y su punto de partida, con respeto y con amabilidad. Hemos de escucharles antes de pedir y exigir, hemos de ver cómo se expresan antes de intentar que hablen de otra manera a sus hijos e hijas, hemos de entender su lenguaje para poder hablar en el mismo y llegar a un entendimiento.

Es muy posible que como profesional de la educación (si dedicas horas a tu formación y a tu crecimiento profesional) tengas mejores conocimientos que algunas familias sobre lo que es más adecuado para cada niño y para cada niña, pero al igual que hablábamos de ese niño de sexto que ha cumplido las expectativas, si no somos capaces de establecer una comunicación eficaz y una relación de confianza, poco o nada podremos transmitirles de nuestros conocimientos.

Por eso, para acompañar a una familia en la tarea de la educación, es necesario:

  • Respetar su situación, dejarles que la cuenten, establecer un vínculo de confianza.
  • Tener claros cuáles son nuestros objetivos, que no deben ser de satisfacción personal (marcados por el ego) sino que deben estar orientados hacia el bienestar del niño o de la niña.
  • Establecer un diálogo a la hora de marcar unos objetivos para casa, que sean acordes con los que se realizarán en la escuela.
  • Adquirir un compromiso por ambas partes, con una fecha de revisión.
  • Estar disponible para apoyarles en las caídas o en los momentos en que lo necesiten.

A veces un “buenos días” con una sonrisa nos puede cambiar el día, algo tan sencillo como un mensaje para ver cómo estás en una fecha marcada, estar atento a lo que otra persona necesita o puede necesitar en un momento difícil, de cambio, de pérdida, la complicidad de esas personas que, sin ser amigos, empatizan con el estado anímico de los demás hacen que la vida de un centro sea más armoniosa. Para acompañar, solo hay que poner el corazón a vibrar en una frecuencia en la que los ritmos se sincronicen en una melodía compartida.

Ya sabes que si tienes alguna experiencia que compartir, me encantaría leerla. ¡Que la vida te sonría con grandes acompañantes!